644 555 376 - Caboalles de Abajo


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El Breviario de los de la Casa de Abajo

Por Gonzalo Garcia



Capitulo 1 - Los piscardos
 

Cuando mi padre alcanzó la senectud sus recuerdos infantiles se fueron avivando. En la medida que me los hacía llegar, unas veces narrándomelos en la sobremesa y otras escribiéndomelos, comenzaba yo a conocer la sentimental dureza de su carácter y el pesar que, muy de tarde en tarde, reflejaba. 

Lo recuerdo muchas veces cuando leyendo un libro, - siempre fue un incansable lector-, levantaba su cabeza y miraba las musarañas. “¿Qué te pasa?”, le pregunté en una ocasión, yo todavía un niño. “¡Nada!”, respondió con cierto enojo.  Creo que  sus lecturas  hacían que aflorase su propia infancia.

Mi padre nació en la casa de abajo, cuatro días después de la proclamación de la dictadura de Primo. Los naturales de Caboalles de Abajo se conocen en el Valle de Laciana como piscardos, esos pececillos plateados de las pozas del río que nadan en grupo y sirven de alimento a la voracidad de las truchas, al modo en que los humildes servimos a los poderosos.

Ofelia y Gonzalito sobre 1924
 
Capitulo 2 - Las escuelas
 

Con seis años cumplidos, sabiendo leer, escribir y las cuatro reglas, comenzó a asistir a la escuela pública. Su primer maestro, el “Febras”, era un hombre sucio y casposo, que acostumbraba a rascarse la cabeza encima de los cuadernos de los escolares abiertos sobre el pupitre.

Las aficiones que tenía el “Febras” brillaban cuando usaba la vara de serbal sobre el trasero de los delincuentes, como denominaba a sus alumnos inquietos. Para cortar las varas del serbal o la silva, una madera dura y flexible que sólo se encuentra en la Peña de Carracedo, había que trepar al peñasco; el “Febras” se lo encargaba a Marcelino, el del sastre, único proveedor de las varas y principal destinatario de sus castigos. Sin embargo, no era el más revoltoso: le ganaba con creces Julito, el del barbero, que también recibía lo suyo, aunque su astucia le libraba en ocasiones de la paliza. “¡Tú, tú y tú al banquillo!”, era la sentencia diaria de inmediata ejecución. El tercero en discordia podría ser cualquiera;   muchas veces  lo fue Gerardo, el del “Parrao”. Aquel Gerardo demostraba su osadía y desprecio al peligro corriendo calzado con madreñas de clavos por encima del pretil del puente, que cruza a más de veinte metros de altura el cauce del río Caboalles.

Cuando se rehabilitó el edificio de la Fundación Carballo y contrataron a una pareja de maestros, mi padre y su hermana mayor pasaron a ser alumnos de esta escuela, reservada para los “hijos de los hijos” del pueblo. Cuando cumplieron los seis años el resto de los hermanos se fueron incorporando a aquellas aulas, como otros muchos niños y niñas del pueblo siguieron haciendo hasta que se cerraron. De Octavio Álvarez Carballo se cuenta que hizo andando su primer viaje a Madrid calzado con madreñas; después de unos cuantos oficios y escaramuzas mercantiles comenzó a hacer fortuna. Ya muy rico, levantó una casa en Caboalles de Abajo, adquirió los pastos del Conde de Luna en los montes y creó la Fundación.  Aquellas escuelas son hoy geriátrico municipal.

Escuelas de la Fundacion Carballo

 

Capitulo 3 - Julito, el  del  barbero
 

Las Varándanas es una poza natural del río Caboalles, donde en verano, en pelota picada, se bañaban los niños del pueblo, cosa que tenían prohibida por lo peligroso que era. Más de una zurra recibió mi padre del suyo por hacerlo. Otros lo tuvieron peor.

La madre de Julito iba a buscarlo al río siempre con una vara en la mano. En una ocasión, mientras Julito nadaba, su madre le cogió toda la ropa y le hizo andar desnudo hasta su casa, atizándole de cuando en cuando en las nalgas. Con gran jolgorio, todos los demás niños le acompañaban tratando de ocultarlo a las miradas de los vecinos. Al cruzarse con tres mozas veraneantes el pobre Julito echó a correr, tapándose la entrepierna con las manos.

En el invierno del treinta y cuatro la prensa publicaba muchas noticias sobre el  duende de Zaragoza. Una noche, Julito aprovechó un montón de nieve para trepar al tejado de la fonda del tío Nemesio y, usando como bocina el tubo de la estufa del comedor, se puso a dar voces y soltar amenazas como las que se atribuían al duende. Engañó a todos los que en la fonda estaban que salieron despavoridos a la carretera. Hasta muchos años después no se supo quién había sido el duende.

Con catorce años, Julito se fue a combatir al frente de Asturias. Acabó en la cárcel franquista; de ahí, pasó al Tercio. Después se alistó en la Legión Francesa y participó en las guerras de Indochina y Argelia. Dejó la Legión; se hizo con un pequeño barco y se dedicó al contrabando por la costa argelina.

Al cabo del tiempo, cuando mi padre era Jefe de Grupo de una empresa minera, se presentó a pedirle trabajo. Entró en la mina de carbón y luego pasó a la de hierro. Allí enfermó de tisis galopante. “Me voy a cazar búfalos, en las verdes praderas de Manitú”, dicen que dijo al despedirse de los suyos.

Gonzalito

 

Capitulo 4 - Luis el de don Alfredo
 

Luis fue el mejor amigo de infancia de mi padre. Tenía un año más que él y era el mayor de los alumnos de la escuela de Carballo. Sobre ellos impuso lo que todos recuerdan como una “cruel dictadura”. Mi padre era su lugarteniente; le ayudaba en los deberes escolares y de ese doble juego de protección y ayuda nació su amistad.

En el invierno, duros y nevados inviernos, se ponía una estufa de carbón pegada a la pared, cerca de la entrada del aula. Cuando iban llegando los niños se colocaban en semicírculo. Contra la pared había dos sitios preferentes, uno a cada lado de la estufa, que los chicos siempre cedían según entraba Luis o mi padre. Luis llegó a ejercer con maestría su papel de dictador y bastaba un gesto de su cabeza para ordenar el semicírculo al  modo convenido, sin que ninguno de los otros protestara.

Luis era mal estudiante. Cuando mi padre comenzaba tercero en la Escuela de Minas de León, inició Luis el primer año. Acabó dejando la escuela. Era un fenómeno con las mozas hasta que se casó con una maestra que ejercía en Degaña. Hace muchos años que mi padre no sabe nada de él: “Cosa de la vida es ir perdiendo de casi todo, incluso los amigos, y ganando algo”.

Gonzalito y Luis
Capitulo 5 - La Republica
 

Cuando llegó la república, en la casa de abajo se juntaron los conmilitones de mi abuelo. Abrió éste un pellejo de vino y al rato la euforia presidía la reunión. Al llegar mi padre de la escuela, vio que el abuelo había hilvanado un traje de pierrot con retales rojos, amarillos y morados. Vestido con aquel traje mi padre fue enviado a anunciar la república.

Marchó por el Camino Real, seguido de algunos rapaces. Llegaron hasta el límite del pueblo, donde el camino se junta de nuevo con la carretera, y volvieron por ésta hasta la casa de abajo. A cada trecho se habían unido más niños; aquello parecía una manifestación. Mi abuelo levantó al pierrot en brazos y lanzó un “¡Viva la república!” al que pequeños y mayores respondieron con fuerza. La república quedó proclamada.

El escándalo que el pierrot provoca entre la parentela católica y monárquica es grande; tanto como el orgullo con que yo lo recuerdo: “Ángel de la anunciación republicana para los niños piscardos”.

A falta de foto para ilustrar el capitulo


Capitulo 6 - El tio Manilla
 

El tío Manilla, tío abuelo de mi padre, era natural de Leitariegos y vecino de Caboalles de Abajo, carpintero de oficio, estaba casado con la tía Balbina. Vivían en una casa situada más arriba del puente. Tuvieron una única hija, que de joven se trasladó a Madrid y puso una fonda en la calle Preciados.

Al tío Manilla le gustaba mucho el vino. Con frecuencia, visitaba la casa de abajo; desde una ocasión, en la que mi abuelo, viéndole un bulto bajo la chaqueta se la abrió, cogió la botella que guardaba y  puesto como una fiera  la estrelló contra el camino, siempre lo hizo sereno.

Se cuenta que, estando el tío Manilla labrando una viga de roble con un hacho, la tía Balbina, asomada al cuarterón de la puerta del corral, no hacía más que recriminarle por alguna cosa, metiéndose sin piedad con el buenazo del carpintero. “Que te calles, Balbina...”. Pero, ésta, nada. “Que te calles, Balbina...; que te va el cacharro”. “Te digo, Balbina, que te va el cacharro...”. Sin hacerle caso, la tía Balbina continuaba con su perorata. El tío Manilla se enderezó furioso; con toda su alma lanzó el “cacharro”. Su mujer cerró a tiempo el cuarterón, donde se clavó el hacho. Cuando alguno de la familia se encorajina, aún hoy decimos que “le da la manillada”. Afortunadamente, tan rauda como viene se va.

Cuando murió la tía Balbina, el tío Manilla se marchó a vivir con su hija; muy viejo se fue al otro mundo en loor de santidad vínica, como Noé.

A falta de foto para ilustrar el capitulo

Capitulo 7 - El carnaval

En el carnaval del treinta y cuatro, mi padre y su amigo Valentín, el del cacharrero, formaron una peña. Vestidos de bandoleros y provistos de viejos trabucos y escopetas, desfilaron por el pueblo cantando una composición del padre de Valentín:
 
                          “Una noche de tormenta,
                          de relámpagos y truenos,
                          nos bajamos a la venta
                          estos bravos bandoleros”.

Cuando la guerra, la familia del cacharrero se marchó a Francia. Valentín fue capturado por los nazis y encerrado en un campo de concentración en Alemania. Años después, se encontró con mi padre en Caboalles por las fiestas de San Bartolo. Casado con una francesa, estaba definitivamente asentado en París. Relataba cosas horribles de los nazis.

A falta de foto para ilustrar el capitulo
 
Capitulo 8 - La revolución

En octubre del treinta y cuatro la revolución se puso en marcha en el Valle de Laciana. En la mañana del día cinco, mi padre veía pasar por la carretera y el camino real, que se juntan delante de la casa de abajo, grupos de mineros rumbo a Villablino donde se estaban concentrando. Hubo una reunión de los sindicatos y se proclamó la huelga revolucionaria.

A media tarde, los mineros se dirigieron al cuartel de la guardia civil y se apostaron alrededor armados con fusiles, escopetas y cartuchos de dinamita. Los siete números de la guardia civil intentaron una defensa, más o menos inútil. Hubo intercambio de disparos y algunos mineros resultaron heridos. En un momento, en el que había cesado el fuego, uno de los mineros gritó a los sitiados que se rindieran, amenazándoles con enviarles rodando un barril cargado de dinamita si no lo hacían. La parte de atrás del cuartel daba a un talud del monte; por allí echaron a rodar el barril que explosionó contra la pared del edificio.

Al rato, el cabo comandante del puesto asomó por una ventana un trapo blanco y rindió el cuartel. Por la puerta principal salieron primero las familias y después los guardias, éstos sin armas, en fila y con los brazos en alto. Cuando parecía que se iba a resolver sin más problemas el asalto al cuartel, Salvador, un minero que entonces vivía en una casa arrendada a mi abuela materna en Caboalles de Abajo, disparó un tiro de fusil que mató en el acto a uno de los guardias.

Se formó un gran alboroto y como algunos de sus compañeros quisieron detenerle, Salvador tiró su fusil y echó a correr hacia el monte. Nunca se le volvió a ver por el valle. Los guardias civiles y sus familias se fueron andando por la carretera de Ponferrada que bordea el curso del río Sil.

El cabo comandante del puesto, acusado de negligencia por sus mandos, fue sometido a Consejo de Guerra el dos de septiembre de 1935 y condenado a seis años de prisión.

A falta de foto para ilustrar el capitulo
 

Capitulo 9 - El montañés

Cumplidos los doce años, mi padre se trasladó a Madrid para iniciar el Bachillerato. Se hospedó en la fonda del tío Pepe, hermano de mi abuelo, en la Plaza del Carmen, donde ya paraba desde el curso anterior su hermana pequeña.

Cuando al día siguiente de su llegada se presentó en el colegio situado en la calle de Ciudad Rodrigo, en los aledaños de la Plaza Mayor, mi padre fue inmediatamente moteado por sus colegas de primero como “el montañés”, ya que su acento lacianiego lo delató de inmediato. Sus relaciones en el colegio comenzaron con peleas desde el primer día. Un tal Diego, que era un abusón, estuvo durante un rato burlándose de mi padre, hasta que recibió de éste una buena tunda que hizo al montañés merecedor del respeto general a partir de entonces.

 
Capitulo 10 - El cinematógrafo

La misma tarde de su llegada, el primo Tomás llevó a mi padre a conocer el cine sonoro. La película se titulaba “El lobo humano”. Con la emoción del sonoro y el argumento de la película mi padre no durmió en toda la noche. Se hizo un asiduo del cinematógrafo y, siempre en compañía de su primo, acudían a todas las películas que podían, normalmente a los cines de barrio, ya que pocas veces reunían el suficiente dinero como para acudir a las salas del centro. Un día, en el que entre ambos no juntaban más que dos reales, descubrieron el cine Doré, llamado “el de las pipas”, porque era costumbre de todos los espectadores comerlas durante la sesión. Cuando se encendían las luces el suelo siempre era una alfombra de cáscaras.

 
Capitulo 11 - Las revistas

En la fonda del tío Pepe se hospedaban artistas de varietès, “las señoritas”, a las que el primo Tomás siempre andaba haciendo recados. Las chicas le recompensaban dándole pases para los espectáculos en que actuaban.

Al poco de haber llegado a Madrid, mi padre asistió a la revista musical que Celia Gámez tenía en el Gran Vía. Por primera y no última vez, vio los plumeros y las piernas de la Gámez, que pasaban por ser “las más bonitas del mundo enfundadas en medias de cristal”.

En otra ocasión acompañó a Tomás a llevar un paquete a Pepita Huertas, gran vedette de la revista musical “El Huevo de Colón”. Esperando que acabase la función de tarde pasaron a los camerinos, donde las coristas sostenían una discusión sobre la calidad de sus tetas. Era una suerte de concurso en el que participaban todas ellas con el suéter blanco subido para que pudieran apreciarse  sus cualidades. Los recaderos, sentados sobre un baúl, otorgaron sus propias puntuaciones.

Cuando llegó la Huertas les agradeció el mandado, con besos y abrazos,  y les regaló dos entradas de primera fila para la siguiente función. Mi padre no entendió nada de qué iba tal función, en la que la Huertas aparecía en una cama muy ligera de ropa. Los primos asistieron muy serios al espectáculo y, cuchicheando entre ellos, seguían ponderando a las chicas, hasta que un caballero sentado a su lado les llamó la atención.

Celia Gamez
 
Capitulo 12 - El mitin

Mi abuelo organizó, con sus conmilitones del pueblo, un viaje para asistir al mitin convocado por Azaña en un descampado de Comillas, que era la culminación de su campaña de “mítines en campo abierto”. El viaje lo hicieron en una camioneta a la que pusieron bancos de madera en la caja sin toldo. Mi abuelo, como organizador del viaje, lo hizo en la cabina, al lado de su amigo Gerardo, dueño del vehículo. Llegaron a Madrid  al anochecer del día diecinueve.

Mi abuelo se hospedó en la fonda de su hermano, en el cuarto de mi padre que,  cuando la fonda se llenaba, era desplazado con sus primos al desván, donde siempre había dispuestas unas camas para estas ocasiones.

Mi padre pidió al suyo, aparte de algo de dinero, acompañarle al mitin, pero el abuelo no lo consintió ya que después de que acabara pensaban salir de vuelta al pueblo. En tal mitin se reunieron casi medio millón de personas; muchos piscardos entre ellas.

Entrada para el mitin (obtenida aqui)
 
Capitulo 13 - Los falangistas

La primera vez que mi padre vio el saludo fascista fue desde el balcón de su habitación que daba a la Plaza del Carmen. Una señorita les avisó a todos los de la casa que del cine Madrid salía el fundador de la Falange y ella desde otro balcón se puso  a saludarle, dando grandes gritos, con el brazo en alto y la palma extendida.

En la calle, se vio salir del cine a un muchacho con camisa azul, saludar alzando el brazo a otros vestidos como él, montarse en un coche e irse. Todos  entonaron un himno que mi padre y yo mismo oímos luego muchas veces. Pero ni al fundador ni al himno quiso mi padre llamarlos nunca por su nombre; yo tampoco.

 
Capitulo 14 - Las elecciones

En las elecciones generales de febrero de 1936, los adversarios principales eran el Frente Popular, por la izquierda, y la CEDA de Gil Robles, por la derecha. Éste tenía un enorme cartel que ocupaba toda la fachada de un edificio en la Puerta del Sol, entre la calle Mayor y la de Arenal.

Los alumnos del colegio de la calle Ciudad Rodrigo también se dividieron  en derechas e izquierdas y participaron en la campaña electoral. Aún con su corta edad, mi padre y otros alumnos de primero se dedicaban a vaciar, por las buenas o por las malas, las carteras de los que las llevaban llenas de propaganda de la CEDA y cambiársela por la del Frente Popular. Éstos últimos ganaron y Azaña fue nombrado Presidente del Gobierno.

El Frente Popular celebrando el triunfo electoral. (Obtenida aqui)
 
Capitulo 15 - La quema

Una tarde de marzo mi padre estaba estudiando en el balcón, cuando oyó unos tiros que venían de la calle Montera. Al poco rato vio salir chispas de un ventanuco de una iglesia que tiene su entrada por esa calle y una fachada a la travesía de San Alberto. Las llamas ya eran enormes cuando sonaban las sirenas de los bomberos por la calle de Tetuán. Desplegaron una escalera y un bombero con una manguera se encaramó por ella. Soltaron agua a chorro, se apagó el fuego y los bomberos se fueron. Seguían los tiros por los alrededores de la calle Montera. Volvieron a surgir llamaradas; nuevo aviso a los bomberos y nueva llegada espectacular de éstos.

Temiendo por los críos, que contemplaban el barullo desde los balcones, el tío Pepe los cogió a todos y se fue con ellos por el portal de la casa, usando una portezuela que daba al Teatro Muñoz Seca; cruzaron el patio de butacas y salieron a la calle Tetuán, corriendo a la fonda de la hija del tío Manilla, en Preciados. Cuando acabó el barullo, ya muy de noche, volvieron a casa.

Por la mañana mi padre salió para el Colegio y vio que la gente se arremolinaba riendo frente a una tienda de calzados situada al lado de la iglesia quemada: todos los zapatos del escaparate tenían la puntera doblada “como si señalándolo implorasen al cielo”.

 
Capitulo 16 - El aniversario

El catorce de abril, mi padre y su primo Tomás fueron hasta el paseo de Recoletos para ver el desfile del día del aniversario de la república. Encontraron un hueco, algo más arriba del Ministerio de la Guerra, detrás de una fila de sillas.

El público aplaudía el paso de los militares, todos muy marciales. Cuando apareció la guardia civil sonaron muchos gritos y silbidos, excepto unos aplausos solitarios que se oyeron algunos metros a la izquierda de donde estaban los primos. Sonaron tres tiros de pistola y se produjo una avalancha de gente  que corría hacia Cibeles interrumpiendo el desfile. A punto estuvo mi padre de ser arrollado, cuando su primo Tomás le alcanzó por el cuello de la camisa y lo sujetó fuertemente. Los dos se abrazaron a un árbol hasta que pasó la oleada. Por todos lados había un revoltijo de gente y sillas por los suelos. Un niño de pecho tirado entre las sillas lloraba con mucha fuerza, lo que impresionó sobremanera a mi padre.

Los primos echaron a correr y no pararon hasta llegar a casa. Aquí se enteraron que habían asesinado a un oficial de la guardia civil que presenciaba el desfile y había aplaudido al paso de sus compañeros. En el entierro del oficial hubo más disparos y, acaso, más muertos.

 
Capitulo 17 - El Presidente

El día en que Azaña tomó posesión de la presidencia de la república, todo el trayecto de su comitiva, desde el Palacio de Cristal del Retiro hasta el Palacio de Oriente, estaba acordonado por militares y  guardias de asalto. El ceremonial era más del estilo de la majestad monárquica que de la humildad republicana. En estas cosas de la dignidad del Estado, Azaña siempre estuvo a un paso de caer en ridículo.

A mi padre le fue imposible cruzar la calle Arenal para ir hasta el colegio, por más que rogó a un guardia de asalto. Entonces se le ocurrió la idea de hacerlo por el paso subterráneo del metro, en la Plaza del Sol, entrando por la escalera próxima a Montera para salir por el lado de Carretas.

Sólo llegó hasta la mitad de su recorrido, donde se topó con una avalancha de gente corriendo que le llevó en sentido contrario. Un  señor, que lo cogió de la ropa por la espalda, le ayudó a zafarse. Con esta nueva experiencia, “sobre el comportamiento de las masas en movimiento”, siempre las miró desde entonces con recelo. Yo, también.

Manuel Azaña (obtenida aqui)
 
Capitulo 18 - Los exámenes

Para los exámenes de junio, una disposición ministerial había ordenado el sorteo del instituto de enseñanza media en el que correspondería realizarlos a cada alumno, porque muchos colegios privados contrataban como profesores a los catedráticos de instituto, lo que originaba importantes favores en las calificaciones.

Los alumnos del colegio de mi padre se matriculaban en el Instituto de San Isidro; de todos los de primero, únicamente a mi padre le tocó examinarse en el Lope de Vega. Como no sabía ir, le acompañó por la mañana el tío Pepe, que lo abandonó a la puerta del instituto. Mi padre se sintió acongojado cuando echó a andar por los pasillos.  Divisó al que era su profesor de geografía en el colegio y catedrático en el Lope de Vega, que era muy antipático y nunca hablaba con los alumnos fuera de clase. Corrió hacia él y le cogió por la chaqueta: “Estoy aquí”. El profesor, comprendiendo la situación de mi padre y contra todo pronóstico, le dio ánimos para el examen.

Los exámenes seguían por la tarde, sin tiempo para ir a comer a casa. Mi padre, siguiendo a otros muchachos con los que compartía cuitas aquel día, se fue a una tasca próxima. Todos pedían bocadillos de sardinas, que costaban quince céntimos, pero mi padre, que tenía un real, pidió un bocadillo expuesto en el mostrador, del que sobresalía colgando una loncha de jamón. Gran error: la loncha era la única y muy delgada. El hambre le asaltó a media tarde, pero, como aviva el ingenio,  salió con una media de notable. Con la papeleta en su poder tenía que ir hasta el colegio a comunicar el resultado.

Ya era noche cerrada cuando, frente a la facultad de Derecho, en San Bernardo, coincidió con el principio de una pelea entre universitarios socialistas y falangistas: después de intercambiar insultos, todos se liaron a golpes. Mi padre se quedó en una esquina abrazado a su cartera, sin atreverse a continuar. Un joven con gafas,  se acercó a él y preguntándole “¿Que haces, tú, aquí?”, le cogió por un brazo y le cruzó hasta donde la acera estaba libre de luchadores. Con tanto miedo como hambre, echó a correr hasta el colegio.

Mostró la papeleta al Director y éste se dignó darle un abrazo: “¡Muy bien, montañés! Puedes ir contento a tu pueblo. Espero que el próximo curso sigas igual”. Sin embargo, no hubo más cursos en Madrid.

Instituto San Isidro
 
Capitulo 19 - Las vacaciones

 

Por fin, llegaron las vacaciones del verano. Hacía casi un año que mi padre estaba ausente del pueblo. El diez de julio, en el autobús de la línea de Madrid a Cangas de Narcea, mi padre llegó a Caboalles de Abajo, con su hermana Olvido, el  tío Pepe, sus primos Leonor y Pepín, y Cuca, una hija de una huésped.
 
Al día siguiente, lo primero que hizo fue visitar las casas de la familia para saludar a todos los parientes. Se pensaba elegante; vestido todo de blanco, con pantalón largo y camiseta de manga corta, que tenía bordados los aros olímpicos. Así recorrió el pueblo.

Por la tarde, se acercó a La Grandiecha, un pascón del abuelo, donde estaban haciendo instrucción los pioneros  rojos. Su mando era Manolón, un picador asturiano de la María, casado con Conchi, la del “Potro”, que había estado varios años ayudando en la casa de abajo. Vivían en una pequeña vivienda anexa a ésta que les había arrendado el abuelo. Tenían un hijo de cinco años, Luis el “Rubio”.

Los pioneros le vieron e identificaron los aros olímpicos como un símbolo nazi; aquel año las olimpíadas se celebraban en Berlín. Sonó un grito de fascista y comenzaron a meterse con mi padre cada vez que pasaban desfilando por donde él estaba. Impertérrito, no contestó a esos insultos, el sabía que no lo era y, además, el pascón era suyo, aguantó un rato a la sombra de un abedul.

En un momento determinado, Luis el “Rubio” hizo algo mal, como perder el paso o quedarse rezagado del pelotón. Manolón se dirigió a su hijo a voces: “¡Guaje! ¡Me cago en dios! ¡Hazlo bien ó vete pa’ casa! ¡Me cago en la madre que te parió!”.

El niño, lloriqueando, se fue hasta donde estaba mi padre y juntos emprendieron el camino hasta la casa de abajo. Allí mi padre contó al suyo lo que había pasado y el abuelo decidió que guardara la camisa hasta que volviera a Madrid.

Manolón era para mi padre muy buena persona y muy amigo de casa; aunque aquel día descubrió que, sobre todo, era un bruto. Había estado en el Tercio; por eso era el instructor de los pioneros rojos. Murió en el frente de Asturias, siendo oficial de milicianos. Su hijo vivía en la ciudad de León y era muy amigo de mi padre.

 
Capitulo 20 - La rebelión

Madrid ya estaba muy alterado cuando mi padre lo abandonó aquel mes de julio. El día dieciocho la radio comenzó a hablar de la revuelta de los militares africanistas. El diecinueve confirmaba las noticias de que la rebelión se extendía por casi toda España. El abuelo estaba alarmado.

En Caboalles de Abajo, los mineros se organizaron, -“Es un decir”, según mi padre-, en comités y batallones de milicianos. Comenzaron por requisar todas las armas que encontraron recorriendo las casas. El primer día que una delegación del comité visitó la casa de abajo, se llevaron el trabuco y la escopeta, que mi padre y su amigo Valentín habían lucido en los carnavales del treinta y cuatro.

En aquellos días, la casa de abajo estaba llena a rebosar de mercancías recién recibidas, que se apilaban en la  tienda, la trastienda, la bodega, el pajar y hasta en los dormitorios. La clientela principal eran los mineros de una empresa de la que mi abuelo llevaba las cuentas, cuyo dueño era pariente e inmediato vecino de la casa de abajo. La tienda funcionaba como el economato de la empresa y mi abuelo vendía a crédito, apuntando todas las compras que le hacían en las libretas, cuyo saldo liquidaba los días de paga directamente de las nóminas. Con este arreglo vendía más que todos los otros comerciantes juntos de los dos Caboalles.

Al poco de la primera visita a la casa de abajo, volvió otra delegación que, pagando con unos vales del Comité, arrambló con la mayor parte de los comestibles y con toda la ropa y calzado de hombre que había, para depositarlo todo en el almacén de un economato, de otra empresa minera, desde donde lo pensaban distribuir. El montón de vales lo conservó mi abuelo durante mucho tiempo, hasta que después de la guerra y volver de la cárcel los quemó.

No dispongo de material grafico, asi que pongo estos vales, supongo que el monton del breviario seria similar a estos.
 
Capitulo 21 - En Sorrodiles

A mediados de agosto, llegaron noticias sobre el avance de los fascistas, cuenca arriba del Sil, y de las masacres que a su paso perpetraban los caballeritos de la muerte, presos comunes de las cárceles gallegas, reconvertidos en centuria de falangistas y amparados por guardias civiles.

El abuelo, sintiéndose amenazado, cogió a toda la gente de la casa de abajo, excepto a su madre, la abuela Manuela, y  se marchó hasta Cibea. Lo hicieron andando por los caminos de la braña. Por las sendas al este del puerto de Leitariegos, llegaron a la casona de María, la de “Tristán”, en Sorrodiles, que tenía cantina y tienda. Allí se hospedaron todos: mi padre, los suyos, sus cinco hermanos y los madrileños; en total, trece personas.

Para los más pequeños, aquello era un  veraneo en el puerto, más que una escapada del terror. Incluso mi padre recuerda como una estancia agradable los días que allí pasó. En este pueblo, sin otro río que un regato sin pozos, presumió entre los chicos,  que no sabían nadar, de que era un gran nadador. No podía demostrárselo. Un día, lo engancharon y lo hicieron acompañarles hasta un pozo que había aguas abajo. No se acojonó, aunque su experiencia era mínima, sólo nadaba agarrado a un peñasco del pozo de las Varándanas del río Caboalles. Cuando vio dónde le habían llevado, le temblaron las piernas. No más de diez metros de ancho y agua muy oscura. ¡Profundidad! Hizo de tripas, corazón y pensando que no saldría vivo, se tiró al agua. ¡Asombro propio y de los espectadores!  Asomó la cabeza y, en un estilo indefinido, cruzó nadando hasta la otra orilla. A partir de la primera travesía fue todo una exhibición: cruzando para acá y para allá y hasta buceando con los ojos abiertos. ¡A los trece años se sentía como campeón olímpico!

Sorrodiles, 1933, foto encontrada en internet
 
Capitulo 22 - En Cangas de Narcea

Estando en estas y otras aventuras, un día aciago empezaron a bajar milicianos de los montes al este del pueblo, lindantes con las brañas de Caboalles. Arrastraban su cansancio y sus armas. Iban sucios, tristes y derrotados, camino de Cangas de Narcea, a dieciocho kilómetros. Todos los que estaban en la casona les vieron y quedaron consternados.

Al poco, llegó a la puerta de la casona una furgoneta muy pequeña, de color granate, que se suponía era la ambulancia del ejército en retirada. La conducía Adolfo, el del “Parrao”, un mozo de Caboalles. Mi abuelo se puso de acuerdo con él. Metieron en el coche a casi toda la familia con su abultado equipaje. Se fueron con destino a un hotel de Cangas de Narcea. Mi padre, el suyo y el tío Pepe hicieron el camino a pie. Llegaron al hotel a las once de la noche. Cenaron y se fueron a la cama.

A la una de la mañana, avisaron, con grandes golpes en las puertas de las habitaciones, que venían los fascistas. ¡Arriba, de prisa, el equipaje a los hombros!

El amanecer les cogió subiendo el Fuexo. El camino de herradura les llevaba en pendiente, por medio de una arboleda de castaños, a Trones. Allí estaban los padres de la madre de mi padre: el abuelo Pacho y la abuela Amalia.

En la casa no había cosa que comer para tan numerosa tropa. Mi padre acompañó al abuelo Pacho, en un caballo prestado por los de casa Castellanos, a Cangas de Narcea. Se fueron por el mismo camino por el que había llegado, que terminaba en casa Baratura, antes de cruzar el río Narcea. Allí, les echaron el alto unos personajes con ropas azules y correajes negros, que les apuntaban: “ Nada, un viejo y un crío” dijeron.

Cargaron el caballo con la comida. Se volvieron a Trones. Mi padre sintió una fuerte emoción, si no era miedo, por haber visto tan cerca a los fascistas. No tenía más noticias de ellos que las referidas a sus matanzas cada vez que tomaban un pueblo.

Capilla del Carmen de Cangas del Narcea, foto encontrada en internet
 
Capitulo 23 - En Trones

En la cuadra al lado de la cocina, rumiaba una vaca. La casa tenía los dormitorios encima. El abuelo Pacho venía de la casa Tirso, la más rica del pueblo; la suya era la más pobre. Él era segundón y, por mor del moirazo, sus padres le proporcionaron el oficio de carpintero, que aprendió en Cangas de Narcea. Se casó con la abuela Amalia, que era de Besullo. Tuvieron cuatro hijos: Josefa, Servando, María y Manulu. Los cuatro emigraron a Cuba a principios del siglo XX. Los padres vivieron solos hasta que llegaron los de Caboalles, entre ellos su hija María, la única que volvió de Cuba.

Según le contó a mi padre la abuela de la casa Farrucón, el último en marcharse fue el más pequeño. Cuando lo hizo la abuela Amalia estuvo varios días como ida, acordándose de él: “¡ Manulu, Manulu!. ¿Dónde estás, que no me oyes?”.

El abuelo Pacho había construido con sus propias manos su casa y su hórreo. Se accedía a la casa por un corto tramo de camino en cuesta arriba, que partía del camino real de Cangas de Narcea a Besullo. La entrada daba a la cocina, con un lar y la pregancia pendiente de una viga, para colgar el pote sobre el fuego de leña. Se alumbraban con candiles de esquisto. 

 
Candil de esquisto, foto encontrada en la wikipedia
 

Capitulo 24 - En Cuba

En 1921, mis abuelos paternos ennoviaron y se casaron en Santa Clara de Cuba. Al poco, sin hijos, retornaron a Caboalles de Abajo. Aquí, mi abuelo restauró y reabrió la tienda de tejidos de su padre Tomás.  El dintel de la puerta principal dice que la casa fue construida en 1884. El abuelo había nacido en 1898. En la escuela de Sierra Pambley, en Villablino, adquirió nociones de contabilidad, cálculo mercantil y francés. A los trece años emigró con un contrato mercantil para un almacén de Santa Clara. Aparte de algún dinero, volvió con algunos malos recuerdos. Dormía debajo del mostrador hasta que pudo pagarse un alojamiento. Como el almacén vestía y calzaba a sus dependientes, renegaba de los zapatos que tuvo que usar, de cuero y con puntera afilada, a veces estrechos de horma. Por culpa de esos zapatos le molestaron los juanetes toda la vida. O al menos, eso creíamos.
 
Tomas Garcia y familia
 
Capitulo 25 - El bisabuelo Pacho

Había participado en la guerra de Cuba, donde fue muy conocido, según él mismo contaba, como “el famoso cabo Rubio”. De sus hijos, que después de emigrar se quedaron en Cuba, nació una abundante parentela que, en su mayor parte, se fue a Estados Unidos después de lo de Fidel.

Pacho tenía fama de buen narrador; era un bromista y un trolero. Contaba que, cuando era cabo furriel en Cuba, se le ocurrió desplumar un gallo vivo y soltarlo por el patio del cuartel, lo que provocó  gran alboroto entre los soldados y el enfado de los oficiales. En otra ocasión, se trataba del traslado de un peligroso prisionero guajiro, desde el cuartel a una prisión algo distante. El camino transcurría por la manigua. Dijo el comandante: “Sólo al cabo Rubio se le puede confiar tan peligrosa misión”. Perdido de vista el puesto de mando, el cabo Rubio quitó al prisionero el cinturón y los botones del pantalón, con lo que éste, al tener que sujetarlo con las manos, no podía correr. La misión fue cumplida y el cabo felicitado.

Cuando desembarcó en Gijón, después de perder la guerra, traía mucho tabaco escondido en los calzones, que eran largos y atados con cinta en los tobillos. Salió del barco con otros dos soldados, portando dos baúles y dos maletas. El cabo Rubio se puso en el centro de ellos, con una mano en el asa de cada baúl. Se dieron cuenta de que les seguían unos chavales, pero no pudieron saber lo que pretendían. Estaban cerca de la estación del tren cuando lo supieron: al cabo se le había soltado la cinta del pantalón de la pierna derecha. Los chavales desaparecieron con los cigarros caídos.

Decían en Trones, que un día bajó a varear castañas, a una finca que tenía al lado del riachuelo. De pronto, empezó a dar grandes voces: “¡Ay, pobre desgraciado de mí!. ¿Qué será de mí?. ¡Ay, qué desgracia tan grande!”. Los vecinos, que laboraban en las proximidades, corrieron asustados a auxiliarle. “¡Pacho se cayó del castaño! ¡Se ha desgraciado! ¿Pacho, qué tienes? ¿Qué te pasó?”. “¡Perdí un clavo de la madreña!”, contestó muy seriamente con una madreña en la mano.

 
Pacho y Amalia
 
Capitulo 26 - El Robaboinas

Tras varios días de estar en Trones, el abuelo comenzó a preocuparse por su madre. Mi padre y el tío Pepe fueron los encargados de volver a visitarla. Andando se fueron hasta Cangas de Narcea y, desde aquí, a Sorrodiles para hacer noche. Al otro día, subieron por la carretera hasta Vallado. Llegaron al Puerto de Leitariegos y pararon a comer en casa Fabas. Pan y sardinas en lata, con aceite de oliva y tomate: auténtica delicia de menú.

Continuaron su camino y, a la cena, llegaron a la casa de abajo. La abuela Manuela les contó que, a los pocos días de haberse ido todos, los fascistas entraron en el Valle de Laciana sin disparar un tiro: todos los milicianos se habían marchado para Asturias.

Un día llegó un camión, que acularon contra la puerta de la tienda. Cargaron con casi todo lo que quedaba. Sólo dejaron unas puntillas y unas cajas de bombones. Era para ella, según le dijo el jefe fascista. Consiguió venderlo y cobrarlo todo.

A los pocos días, los fascistas llamaron a los comerciantes para que fueran a retirar lo que los milicianos les habían recogido y que permanecía sin distribuir en el economato. La abuela no se atrevió a reclamar lo que pertenecía a la casa de abajo tras la nueva requisa. Así que un comerciante, rebautizado por mi padre como el “Robaboinas”,  se llevó lo suyo y lo del abuelo. Después de estas nuevas, con sesenta kilómetros recorridos a pié en dos días, mi padre se fue a la cama. Se derrumbó en ella, que tenía un colchón recién mullido por su abuela.

Estuvieron en la casa de abajo cuatro días, prácticamente sin salir más que al huerto a recoger fruta. Al cabo de este tiempo, el tío Pepe decidió que mi padre retornase a Trones a darle las noticias al abuelo. Él se quedó con su madre. Así que mi padre rehizo el camino de vuelta, pero, esta vez, en autobús hasta Cangas de Narcea.

 
Manuela
 

Capitulo 27 - El caballo Tordo

La vida en Trones tenía incomodidades y miserias. El abuelo conservaba bastante dinero para todos los gastos. Los sábados por la mañana había mercado en Cangas de Narcea. Siempre se desplazaba Pacho con mi padre. Después de volver mi padre de Caboalles de Abajo, el primer sábado que bajaron a comprar volvieron con un caballo. Se llamaba Tordo por su pelaje y era para hacer estos viajes y cargar la comida.

Era joven, fuerte y noble, aunque también bastante cuajarón. Cuando mi padre iba con él al monte, para dejarlo pastando, siempre echaba carreras contra los otros chicos del pueblo, todos ellos montando a pelo. Tordo nunca llegó el primero, ni siquiera el segundo. Tampoco el tercero. Ni el cuarto ni el quinto. ¿El sexto? No recordaba mi padre más caballos. Sin embargo era muy bueno en el transporte: no protestaba ni se desviaba nunca del camino aprendido. Lo dicho: ¡un cuajarón!.

Un viernes, cuando mi padre subió a buscarlo al monte, para ir el sábado al mercado, perdió su chaqueta de lana. Al volver a casa, el abuelo le mandó volver a buscarla. “¿Cómo la voy a encontrar? ¡No sé dónde la perdí!”. Entonces, intervino su abuela Amalia: “¡Vete, neno, vete!. Eché la oración a San Antonio y la vas a encontrar”. “Déjame de santos, abuela”, fue la contestación de mi padre. “Tú como Pacho: los dos os vais a condenar”, dijo la abuela. Mohíno, mi padre salió hacia las praderas altas. Ya había andado un buen trecho monte arriba, cuando sus pies se enredaron en un matojo. Vio la chaqueta, la recogió y se volvió a casa. Cuando llegó, miró a la abuela. “¿Ves, como era verdad?”, le espetó ella al notar su presencia.

 
Mercado de Cangas del Narcea (foto Narcea digital)
 
Capitulo 28 - La abuela Amalia

Tiempo bueno: a la puerta de la casa; tiempo malo: al lado del lar. Siempre rezando por sus hijos emigrados. Ciega y totalmente incapacitada. Así era como pasaba el tiempo la abuela Amalia.

Su mayor alegría era que alguien le contara historias y cuentos y, sobre unas y otros, la de Genoveva de Brabante. Hija del duque de Brabante. Esposa del conde Sigfrido. Esta dama, acusada de adulterio, vivió con su hijito en una cueva. Se alimentaba de hierbas y con la leche de una cierva. El conde Sigfrido, yendo de caza un día, la encontró y, convencido de su inocencia, la llevó al castillo. La abuela siempre estaba atenta a que cualquiera de sus nietos se le aproximara, para que le leyera la historieta de Genoveva de Brabante. Intencionadamente, a veces, se saltaban algún párrafo. Entonces, les corregía y les hacía volver a tomar la lectura en el punto exacto: la memoria le funcionaba bien.

Otra prueba, que mi padre aduce sobre la santidad de la abuela Amalia, es cuando el suyo perdió la navaja una vez que habían ido de pesca. Pescaban truchas a mano, en el riachuelo que separa los términos de Trones y Olgo: estaba a reventar, ya que por aquella zona nadie pescaba. Volvieron a casa cuando pensaron que eran bastantes para una buena comida. Al empezarle y queriendo mi abuelo partir el pan, más de centeno que de trigo, echó en falta su navaja. Nueva oración de la abuela Amalia a San Antonio y, esta vez de buena gana, mi padre volvió al riachuelo, más pensando en traer más truchas que en buscar la navaja. Se fue a un pocito y pescó cuatro. Cuando sacó la última, pensó en hacer un cambero. ¡No tenía navaja! Sin embargo, allí mismo vio en el suelo la de su padre: abierta y con sus cachas de nácar irisando. “¿Cómo no confiar en la santidad de la abuela? ¡Lo que cuentan de todos los demás santos sólo son monsergas!”, instruía mi padre a sus hermanos más pequeños.

 
Cambero (imagen de internet)
 
Capitulo 29 - Los vecinos

Los de la casa de abajo se convirtieron en unos vecinos más. El abuelo araba, majaba y recogía la hierba. Ninguno le traicionó. Incluso el cura de Parajas, que tenía fama por aquellos contornos de difamador de rojos, no se lo dijo a la guardia civil.

Mi padre asistió a la escuela, en un pequeño edificio construido para ella. La maestra había huido de Oviedo.

Los pueblos de aquellos contornos no disponían, en general, de escuelas ni tenían maestros. La casa de un vecino se adaptaba para escuela y funcionaban, en casi todos los pueblos,  los llamados “maestros de historieta”. Estos eran en su mayoría de Babia y de Omaña. Eran jóvenes de cierta cultura que pasaban el invierno dando clases, en estos pequeños pueblos, con una retribución mínima y comiendo en “vecera” por las casas. Gracias a ellos no existía el analfabetismo en casi todo el occidente asturiano.

En Trones había muy pocos libros. Mi padre visitó a todos los vecinos, pidiéndoles libros prestados y, los pocos que logró, los leyó en muy poco tiempo. “El Quijote” dos veces, para llegar a la conclusión de que, en realidad, no le atraían demasiado aventuras tan desgraciadas.

En alguna ocasión, ayudó a majar la mies y le recompensaban invitándole a comer. La primera vez lo pasó muy bien, manejando el manal y después comiendo. Sin embargo, en otra casa de cuyo nombre no quiere acordarse, todo fue bien hasta la hora de yantar. El menú era un potaje de berzas y patatas cocidas junto con un trozo de cecina. ¡En el caldo había unos gusanos, que los de la casa comían con deleite! Pretextó un fuerte dolor de pecho y se fue corriendo. Muy pocas veces volvió a aceptar invitaciones a comer y ninguna de aquella casa.

 
El Quijote
 
Capitulo 30 - La detención

Pasado el primer período de miedo, primero unos y luego otros, comenzaron a irse para Caboalles de Abajo. En Trones, junto a los viejos Pacho y Amalia, sólo quedaron mi padre, su hermana Ofelia y el abuelo.

Las tropas fascistas ocupaban el Valle de Laciana. Comenzaron los ajustes de cuentas.

Un hermano de su conmilitón Gerardo y el “Robaboinas” le denunciaron. El cabo Muñoz de la guardia civil advirtió a la abuela de que todo el pueblo sabía que su marido estaba en Trones y tenían que ir a buscarlo. “De acuerdo, pero yo voy con vosotros”, contestó la mujer. La principal razón que tenía para acompañarlos era evitar que a la vuelta lo dejaran en la fosa común del puerto.

Llegaron en un taxi hasta Parajas, donde acababa la carretera. Luego, andando hasta Trones. A la una menos diez de la madrugada, llamaron a la puerta. Todos estaban durmiendo. “Abrid, que soy yo”, dijo la abuela. Su marido abrió y, tras ella, irrumpieron tres guardias civiles. Mientras el abuelo se vestía, la recién llegada se puso a hacer café. Después de tomarlo y despedirse  salieron de vuelta.

Mientras se alejaban, mi padre, asomado a un ventanuco, no dejaba de insultar a los guardias, en voz baja: “¡Hijos de puta; hijos de puta!”. Luego, cayó el silencio. Los que se quedaron se fueron a la cama.

Pasaron dos días y se marcharon todos para Caboalles de Abajo. La casa de Pacho quedó atrancada y Tordo al cuidado de los de casa Castellanos.

 
Detenido
 
Capitulio 31 - En San Marcos

La casa de abajo volvía a estar llena de vida. Aunque faltaba el abuelo, se encontraba en ella su madre, los de Trones, la abuela María y sus seis hijos, el tío Pepe con dos hijos y Cuca: catorce. Los veraneantes no pudieron irse hasta que no entraron los fascistas en Madrid.

El abuelo estuvo algún tiempo encerrado en Villablino, en la Casa del Pueblo. Mi padre le llevaba la comida todos los días; cinco kilómetros de ida y los mismos de vuelta.

Cuando hubo más presos los trasladaron a San Marcos, en la ciudad de León. El miedo que allí pasaron fue terrible. Todos los días, se celebraban juicios sumarísimos y se pronunciaban dos tipos de sentencia: pena de muerte o reclusión por treinta años. Mi abuelo fue condenado a esta última: “Pues, si bien, no ha cometido ningún delito en concreto, sí lo ha cometido en abstracto”, decía la sentencia.

Aquellos días estuvo apiñado con otros presos en la carbonera, bajo la escalera. Su gran problema era el estreñimiento crónico. Le sacaban en fila a la letrina que daba al río Bernesga en la huerta trasera y, a los cinco minutos, todos adentro: estuvo ocho días sin poder defecar a gusto.

La puerta de la carbonera se abría todas las noches. De  madrugada, entraba un oficial con una lista en la que figuraban los que serían fusilados esa misma noche. El terror entre los condenados a muerte y aún entre los que no lo estaban era enorme..

Una noche sacaron a un preso y, cerrando la puerta, comenzaron a darle una tremenda paliza para que todos los demás oyeran sus gritos. Luego, lo dejaron allí mismo hasta que murió y llegaron los sepultureros a recogerlo.

En otra ocasión, cuando los diez presos que recogían la basura llegaron a la orilla del río para arrojarla, uno de los que los custodiaban abrió fuego con un fusil ametrallador. ¡Allí quedaron los pobres desgraciados, fritos a tiros por la espalda! Cuando, al darse la vuelta, los soldados vieron a un oficial de sementales que estaba por la huerta, uno de ellos le dijo: “¡Estos hijos de puta querían escapar!”.

Durante varios días seguidos leyeron el nombre de un miliciano del frente de Somiedo, que nunca estaba y no lo encontraban, hasta que dejaron de incluirlo en la lista. Era un hombrecillo de baja estatura que, aprovechando una de las salidas al patio para pasear, se escondió en un ataúd de piedra que había por allí. Sus compañeros le pusieron la losa encima y, cuando podían, le llevaban algo de comida. Allí mismo hacía sus necesidades y, por el olor, le descubrieron al cabo de casi un mes. Debió hacerles mucha gracia a los militares porque no volvieron a incluir su nombre en ninguna lista o sería que su burocracia ya lo había declarado ejecutado y ellos nunca cometían errores.

Al cabo de algún tiempo, mi abuelo fue trasladado a la cárcel de La Bañeza, donde pasó el tiempo leyendo y haciendo papiroflexia. Después, por influencia de un primo suyo que era Inspector Regional de Prisiones de la VI Zona, fue llevado a la cárcel de Burgos, donde se empleó en las oficinas. Tras la primera revisión de sentencias, al finalizar la guerra, fue condenado a prisión por el mismo tiempo pasado en ella, algo más de tres años, y fue puesto en libertad.

 
La vida diaria (De http://www.nodo50.org/foroporlamemoria/documentos/2005/fml_mayo2005.htm)
 
Capitulo 32 - Los posaderos

Mientras el abuelo estaba encarcelado, la vida en la casa de abajo no era fácil. El dinero se iba y la comida comenzaba a escasear. Además, el parte de guerra del cuartel general del generalísimo anunciaba por la radio todos los días los avances de las tropas fascistas: los moradores de la casa tenían el corazón en un puño.

Cuando se instaló en el pueblo un comedor de Auxilio Social, -en la que había sido vivienda y tienda de Felipe, el “Pampero”, que se fue para Argentina al poco de comenzar la guerra-, para los niños pobres y huérfanos del pueblo, hechos, unos y otros, por los mismos que ahora les auxiliaban, la madre de mi padre, famosa en el pueblo por sus buenos guisos, se colocó de cocinera en aquel comedor. Desde entonces no faltó comida en la casa de abajo: todos los días la abuela venía con cacerolas llenas de todo lo que guisaba para los niños que iban al comedor que, por mucho que comieran, nunca agotaban la despensa.

También en la casa de abajo se metieron posaderos, que por Caboalles no es posadero el que tiene una posada, sino el huésped de una casa particular que compra su propia comida y, en la casa, se la guisan y, además, se le da un cuarto con una cama. Mi padre recuerda, especialmente, una cuadrilla de cuatro canteros gallegos que comían todos, todos los días, cocido de garbanzos, con trozos muy grandes de tocino, y sopa de pan, con el caldo de cocer los garbanzos.

Así, con la Sección Femenina, por un lado, y los canteros gallegos, por el otro, el hambre nunca visitó la casa de abajo y no es porque no tuviera oportunidades de hacerlo.

 
Tienda del Pampero
 
Capitulo 33 - Los Paseos

En la ocupación de los Caboalles los protagonistas fueron una sección, mandada por un tal teniente Villena, que tenía añadidos unos cuantos moros de un tabor de regulares, los ya conocidos caballeritos de la muerte y la guardia civil.

Los que más llamaban la atención a los niños de la casa de abajo eran los moros, que tenían unas pintas asquerosas con las culeras de sus pantalones formadas por bolsas colgantes. Mi padre les decía a sus hermanos pequeños que aquellas bolsas eran para llevar la mierda que cagaban mientras andaban y de la que se desprendían al acostarse; por eso no se detenían nunca y llegaban antes. Palabra, de las mil y una noches.

La guardia civil, acompañada de los caballeritos de la muerte, realizaba los paseos de quienes no se fueron con los mineros al frente de Asturias. Todas las fuerzas de ocupación se dedicaron a violar mujeres con sus padres, maridos o novios en dicho frente. Las que eran consideradas peligrosas por los caballeritos de la muerte eran rapadas al cero. También se organizaron somatenes falangistas con algunos vecinos del pueblo; mi padre los recuerda patrullando muy chulos por las calles y caminos del pueblo. Iban con camisa azul, correaje, capote y fusil, aunque la verdad, dice mi padre, es que “eran unos pobres muertos de hambre, con más miedo que nadie”.

Cuando un día mi padre, que había ido a cobrar unas cuentas pendientes de la tienda, volvía a la casa de abajo desde Caboalles de Arriba, vio tres cadáveres en un prado, a pocos metros de la carretera, cubiertos con unas telas claras. Eran de tres “hombres buenos”, que formaban la junta vecinal de aquel pueblo, en el período anterior a julio del treinta y seis. Habían sancionado a un guardia civil retirado, que vivía en La Chaxtra, por haber cortado madera en el robledal de la ladera norte del Valle de Laciana. El guardia retirado tenía dos hijos, también guardias civiles destinados en Ponferrada, que se vinieron hasta el valle y, después de haber emborrachado al sargento comandante de puesto en Caboalles de Abajo, fueron a buscar a los tres hombres y, camino del cuartel, los mataron.

La tía Adelaida, parienta de los de la casa de abajo, tenía un yerno que era el herrero del pueblo y, también, el jefe local de los falangistas. El herrero había llamado a un mozo, Alfredo el del “Turrión”, para que fuera a majar a casa de su suegra. Allí se presentaron unos falangistas y  se llevaron al mozo en camioneta, camino del Puerto de Leitariegos. Como también había quedado en ir después a majar a casa Panizo y tardaba, el ama de casa, que años más tarde sería mi abuela materna, fue a buscarlo al corral de la tía Adelaida. Ésta le contó lo que había pasado y, ni corta ni perezosa, la Panizo se montó a caballo y tomó el camino del puerto. Encontró el cadáver a la altura del puente Ferreras; allí colocó, después, una losa.

 
Los tres hombres buenos: Jose Alvarez Cadenas, Severino Alonso y su yerno Manuel Cancio.

 
Capitulo 34 - El tio Pedro

Limítrofe al norte con el Valle de Laciana, yendo por la carretera de Degaña y ya en Asturias, se encuentra el pueblo de Cerredo, a no más de catorce kilómetros de Caboalles de Abajo.

De Cerredo era Pedro el “Canoso”, “El último de los grandes cazadores de osos”, según mi padre, que estaba escondido por los montes y armado con un rifle. Fue denunciado por el “Manco de Cerredo” y la esposa de éste. Se cree que por despecho de esta última, ya que el “Canoso” no se había hecho eco de sus amores cuando ambos eran solteros. Unos caballeritos de la muerte, guiados por el manco, se presentaron en casa del “Canoso”. Se dirigieron a la mujer de Pedro, que, con un niño en brazos y dándole de mamar, había salido al alto de la escalera. A su alrededor, estaban sus otro cuatro hijos, todos pequeños.

El mayor de los niños se acercó a su madre, al ver que los caballeritos de la muerte habían levantado sus fusiles apuntándola. La madre hizo ademán de volverse para entregar a su hijo mayor el niño que tenía en brazos. En ese momento, sonaron unos tiros y la mujer cayó malherida. El hijo mayor recogió al niño de su madre cuando ya estaba en el suelo. Subió uno de los asesinos y la arrastró escaleras abajo cogiéndola por los pelos de la cabeza.

El “Canoso” supo que la muerte de su esposa se debía al manco. Un día, oyó que alguien con madreñas de clavos subía por un camino monte arriba. Con el rifle preparado, se asomó con precaución y vio que era el manco. Lo tuvo apuntado hasta que desapareció. ¡No le disparó!

El “Canoso” tenía buenos amigos de una peña de caza de Gijón, que iba a las cacerías que él organizaba. Se marchó por los montes hasta llegar a Gijón. Uno de los cazadores era un médico que le colocó de practicante, con el nombre cambiado, en el hospital que dirigía. Se dejó crecer la barba. Sus hijos se fueron hasta Gijón y, a medida que crecían, fueron emigrando a Venezuela. A finales de los años cincuenta, el “Canoso” también se fue. Luego, volvía casi todos los años por el verano, ya rico. Visitaba Caboalles de Abajo y Toral de los Guzmanes, hasta que se instaló en Gijón y asistió a la Universidad Laboral. Era el alumno universitario de más edad, murió a los ciento cuatro años.

Adelina y Pedro el Canoso
 
Capitulo 35 - El manco

Un día, al atardecer, mi padre vio subir al manco en la camioneta de Marcos, estacionada frente a la casa del tío Nemesio. También subieron el cabo Muñoz, dos guardias civiles, tres caballeritos de la muerte y los que iban a fusilar. Se fueron camino del puerto.

Después del fusilamiento hecho en la fosa común, volvían por una senda hacia la carretera. El “Manco de Cerredo” caminaba en primer lugar; después el cabo y los guardias y, por último, los caballeritos de la muerte. Todos en fila india. A los pocos pasos, el cabo extrajo su pistola de la funda y descerrajó el cargador en la espalda del manco. Los dos guardias quedaron esperando la reacción de los que iban a sus espaldas. Ninguno abrió la boca y no pasó nada. El cadáver quedó tendido en la senda y alguien  acabó echando en la fosa.

Mi padre no vio el regreso de la camioneta, pero desde aquel día cesaron los paseos. Años más tarde, coincidió con un teniente de la guardia civil en el tren de vía estrecha de La Robla. Era uno de los guardias que habían participado en aquel paseo y, habiéndose reconocido, relató a mi padre la suerte del manco.

Fusilamientos (Foto de http://perceianadigital.com/ima/Guerra_Civil_v14_archivos/image004.jpg)
 
Capitulo 36 - El maestro

Mi padre empezó a ganar sus primeras pesetas sustituyendo a un maestro que había enfermado y  regresó  a su tierra de Omaña. Como los fascistas se habían cargado a tantos maestros, no encontraron funcionario alguno y pusieron a mi padre como maestro provisional con la mitad del sueldo, unas doscientas pesetas al mes, que entonces era una buena cantidad de dinero -un capataz de la mina jefe de grupo ganaba quinientas-. Así que, con catorce años cumplidos, fue encargado de la clase de los mayores, en la misma escuela en que había sido alumno del “Febras”.

Mucho había cambiado todo con la guerra, pero los niños seguían siendo niños. Entraban a clase con los bolsillos llenos de bellotas. Apenas, el improvisado maestro se daba la vuelta, se liaban a bellotazos. De nada servían las broncas. Mi padre decidió que todos entraran a clase con  los bolsillos vueltos. Fue inútil; las bellotas las escondían en las alpargatas. Así que todos descalzos para entrar. Las escondían en los calzones y los bellotazos seguían. Consideró excesivo hacerles entrar desnudos. Se decidió por la regla y al que cogía belloteando le propinaba un par de golpes en las palmas de las manos que sonaban como tiros.

Tal vez porque se convirtió en un maestro demasiado amante de la disciplina, lo mandaron con los párvulos, que tenían la escuela en otra casa;  con los mayores pusieron a una señorita, hermana más pequeña de la maestra titular. A esta pobre chica sí le hicieron la vida imposible.

Cuando se acabaron las bellotas, los niños llevaban piedras de carburo. Las metían en los tinteros y cerraban éstos con un corcho. Cuando el acetileno alcanzaba presión, salía el corcho y se estrellaba contra el techo. “¿Qué pasa, qué es eso?”, preguntaba la señorita asustada. “Mire, esto es lo que hacen”, le explicó un alumno que se acercaba a ella con un tintero encorchado y, cuando lo tenía sostenido en su mano adelantada, el corcho salió disparado con un zambombazo y la tinta puso perdida la blusa a la maestrilla. A partir de ese día, se incorporó la maestra titular a la clase de los mayores y volvió el orden.

Esta maestra era la que daba instrucciones a mi padre, por medio de notas: “Hoy, a las cuatro y media de la tarde, con todos los niños a la manifestación. Saldrá del puente para celebrar la toma de Bilbao por las tropas nacionales”. Y allá iban  a marcar el paso y cantar el himno falangista.

Don Genuaro, el cura párroco, cuando se cruzaba con niños de la escuela de mi padre, les preguntaba si les daba religión. “Sí, don Genuaro, sí nos da religión”. Y el cura: “¡No sé cómo, si no la sabe él!”. Mi padre había echo la primera comunión en Trones, preparado por el cura de Parajas, y religión sí que la sabía muy bien, aunque nunca pudo apreciar cuál de los dos curas era más bestia: “duda inmanente de raíz aristotélica”.

Con la seño (1937-1938)
 
Capitulo 37 - La instruccion

En aquel tiempo, todos los chavales fueron militarizados, ó algo así, y convertidos en “flechas y pelayos”. Todos uniformados, con camisa o con mono azul, correaje negro, que les hacia el zapatero Mondelo, y gorro de dos picos, también azul y borla roja. Cantar el himno falangista y marcar el paso era fundamental para formar a los futuros cuadros de mando de la España una, grande y libre.

A uno de los amigos de mi padre de su misma edad, Porfirio, en una ocasión le dieron una hostia por detrás, ya que no cantaba. Le reventaron el tímpano derecho, para infundirle los valores eternos. No fue la única vez.

En otra ocasión, Porfirio y mi padre abandonaron el baile de casa del tío Nemesio para ir a comprar unas galletas. Al cruzar el puente se encontraron con dos guardias civiles a los que acompañaba una pareja de somatenes. “¿Dónde vais a estas horas?”, preguntó un guardia. “A casa de Bautista a comprar unas galletas”, fue la respuesta de Porfirio. “¡Las galletas os la vamos a dar nosotros!”, y los dos guardias levantaron al tiempo la mano. Porfirio tuvo mala suerte, porque recibió la bofetada en plena cara, aunque en distinta oreja que la vez anterior. Mi padre estuvo ágil y se echó hacia atrás y la hostia sólo le alcanzó donde el pabellón de la oreja. Sin embargo, la mala inquina puesta en ella fue bastante para que al día siguiente todavía tuviera el pabellón hinchado. Como era domingo, los párvulos no tuvieron ocasión de contemplar a su maestro herido, sobre todo en su amor propio.

Tebeo Flechas y Pelayos
 
Capitulo 38 - El baile

Para los bailes en casa del tío Nemesio, se contrataba un acordeonista y, cuando no era posible, se usaba una radiogramola.

Había un acordeonista del Sil abajo, que era ciego y se llamaba Evaristo, al que los mozos del pueblo, con una de las piezas que tocaba, le cantaban: 
                            
                                 “¡Evaristo va en mixto,
                                  su mujer en correo!
                                  ¡Evaristo va diciendo:
                                  a ver quién llega primero!”.

Evaristo, siempre calzado con botas, llevaba el compás dando golpes en el estrado con el pie derecho. Cuando más se animaba el baile, siempre había un rapaz que iba agachado para que no le vieran los mozos hasta llegar al templete. Allí se erguía de pronto y sujetaba al ciego el pie del compás. Automáticamente cesaba la música. Todos dejaban de bailar. Los mozos se cabreaban y el resto de la gente se reía.

Entre pieza y pieza, las mozas se situaban juntas a un lado del salón y los mozos al otro. Cuando se oía el primer compás, los varones se lanzaban sobre las hembras.

Cuando el baile era con la radiogramola las piezas eran pasodobles, rancheras y tangos y a veces foxtrot. Hubo una ranchera muy famosa:
 
                                 “No es una señora
                                  ni es una doncella.
                                  No se llama Loli
                                 ni tampoco Chon,
                                pero es un encanto,
                                es una monada,
                                es todo un poema,
                                es la perfección.
                                Que la trates bien,
                                que la trates mal, 
                                ella es tan sufrida
                                que lo aguanta todo
                                con resignación. 
                                Y es tan bonita,
                                de cuello tan fino, 
                                de líneas divinas,
                                de corte ideal 
                                que la camisa Palma,
                                esa es la camisa
                               que debes usar”.

Era una camisa que vendía Almacenes Quirós, de Madrid.

Tiempo después, el baile pasó a casa de Mino, el “Raxión”. Mi padre comenzó a ennoviarse al ritmo de “La Carolina”, que decía:
                          
                                “Soy de la montaña, Carolina.
                                Carolina, Carolina, Carolina.
                                Soy de la montaña, Carolina.
                                Carolina de mi corazón”.

Esta pieza era algo corta, por eso siempre la hacían sonar dos veces. A insistente petición de mi padre, una vez sonó hasta siete. Al final de tanta repetición, ya tenía novia.

Años más tarde, nació el primer nieto de la casa Panizo y de la casa de abajo. 

                                         

Gonzalo y Maria
 
FIN DEL RELATO
 
Disponemos de algunas fotografias mas, que incluiremos como colofon la proxima semana.
 
 

 

 

 

 

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