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MANUEL ÁLVAREZ RUBIO. Un español tan libre como inquieto
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MANUEL ÁLVAREZ RUBIO. Un español tan libre como inquieto 

POR MARTA ÁLVAREZ RODRÍGUEZ (*)
En enero de 1919, pocos meses antes de firmarse el Tratado de Versalles que impuesto por Alemania daría colofón a la Primera Guerra Mundial, en Genestoso (Asturias, España) nacía un personaje cuya vida es digna de un guión cinematográfico. Nació en Genestoso de casualidad, por estar la madre en casa de los abuelos pasando la Navidad, pero él siempre se ha considerado de Caboalles de Abajo, un pueblo de León. Muy pronto quedó claro que aquel pequeño, al que sus padres llamaron Manuel, no estaba hecho para llevar el tipo de vida de aquella España rural sumida en la miseria.

Así, con apenas 12 años, tomó la maleta y los pocos ahorros que había podido reunir la familia, para abandonar su pueblo en busca de un futuro mejor. No quiso irse sin hacer una última visita a su un viejo amigo de su padre, Lisardo, y a su mujer, que acababan de ser padres por primera vez de una niña -ya tenían hijos, pero todos varones- a la que habían llamado María. “Esta me la guardas, por si algún día vuelvo”, dijo entre risas, al despedirse. Tenía sólo 13 años, pero ya despuntaban en él maneras que no eran de un niño de su edad. El 12 de abril de 1931 llegaba Manuel a Madrid y dos días después sería proclamada la República en España. La Residencia de Estudiantes era un hervidero de multitudes y el joven quedó impresionado con inventos como el teléfono, que no conocía.

Cuatro años de formación con profesores como Manuel Bartolomé Cossío, José Ontañón o Juan Uña darían a Manuel para mucho y tiempo para conocer a intelectuales del momento como Cipriano Rivas Cherif, cuñado del que luego sería presidente de la República, Manuel Azaña, el pintor Salvador Dalí o Federico García Lorca y Rafael Alberti. En su casa, en el salón, preside el hueco de encima de la chimenea una foto suya con algunos poetas de la “Generación del 27”, en la que abrazado con Lorca, éste le escribe una curiosa dedicatoria: “A mi amigo del alma Manuel, que sabe lo que cuesta salir adelante y luchar por nuestra patria. Madrid, 12-5-1935”.

Salir adelante le costaba a Manuel en aquel Madrid de tiros largos y señoritas de envés pero supo hacerse un hueco en el panorama teatral, como ayudante de Cipriano Rivas Cherif. “Tienes talento”, le había dicho éste, que desde entonces se convirtió en un segundo padre para él. Es destacable la participación de Manuel como ayudante de escena de Rivas en el estreno de la más famosa obra de Lorca, ‘Yerma’, en el Teatro Español de Madrid con la actriz Margarita Xirgu, que pronto se extendería con representaciones por toda España. 

Claro que tenía talento aquel joven leonés que en los primeros meses del verano de 1936 se enrolaría en el Ejército Popular Republicano para defender la legitimidad democrática del gobierno de su país tras el alzamiento de Francisco Franco. El 17 de julio les había sorprendido la noticia del golpe de estado de los militares en el Hotel Continental, de San Sebastián, en medio de una función. Manuel no lo dudó: se enroló en las filas militares y codirigió las primeras expediciones en la sierra de Madrid en un batallón formado por un grupo de trabajadores de una fábrica harinera de Navalcarnero. Pocos meses después le reclamarían desde Asturias para hacerse cargo de uno de los batallones, el 242, con otros significados republicanos. Aún conserva la carta en la que los republicanos del norte le pedían ayuda en boca del insigne Belarmino Tomás: “Usted conoce bien aquellos montes de Laciana, las Babias, Pola de Somiedo, Degaña, la cuenca del Narcea y el Nalón, Teverga y Quirós y puede sernos de gran ayuda como camarada de la República Española”. Pero la guerra le perdieron los republicanos, como desde tiempo antes era de esperar. Quienes conocieron a Manuel en aquellos trances han recordado una y otra vez que pudo escapar y no lo hizo, que pudo entregarse y tampoco, que pudo rendirse al enemigo y que también pudo hacerse de los otros, para evitar un más que seguro fusilamiento. “Por encima de todo están las ideas: nuestra consigna entonces fue la libertad y para eso había que ser rojo”, dice siempre que salen esos episodios a colación estando él presente.

Vivió el asesinato de muchos compañeros y amigos, incluso de familiares. Los fascistas torturarían a una joven chica de Caboalles de Abajo, María Ceballos, por haber cometido el delito de haberse casado con Manuel en 1935, en una ceremonia civil pionera en el pueblo anulada por el franquismo años más tarde. A María, que se escondió en una casa de Belmonte (Asturias) le raparon la cabeza, la violaron y le arrancaron las uñas. Manuel no pudo salvarla de aquellos sucesos y, aunque pudo vengarse, no lo hizo. Cuando corrió a buscarla, ella ya había huido a Rusia con uno de sus hermanos -le habían asesinado a otros 3 y otro murió escondido y abandonado con su hijo, un bebé entonces, en una cueva de Somiedo- y él nunca más la vio ni supo de ella.

Los últimos días de 1937 fueron trágicos. Manuel se entregó en Caboalles de Abajo con otro amigo, su mejor amigo, y tras tomarles declaración los guardias y preguntarles por todo lo que podían saber y no contaron, ambos se fueron a sus casas. Allí les esperaban sus familias, atemorizadas ante lo que podía pasar y, de hecho, estaba pasando las noches cerradas de invierno. Manuel tuvo más suerte que su amigo porque alguien lo avisó. “Huye, que mañana te toca”. A su amigo no le llegaron las noticias tan anticipadas y lo ejecutaron en un prado donde, según Manuel, sigue enterrado.

Se fue aquel mismo día con un montón de recuerdos, un manojo de papeles y algunas fotografías, poca ropa, un chusco de pan y mucha nostalgia. Le acompañaban sus padres y sus cuatro hermanos. Por Palencia, Cantabria y Burgos, llegaron al País Vasco y tras pasar una semana en Hondarribia, arribaron a la frontera de España con Francia y Biarritz. Aquel era un reducto para los exiliados en el que el franquismo ya no podía actuar por no ser territorio nacional. Desde allí, Pablo Neruda, poeta que había sido cónsul de Chile en España, haría las gestiones correspondientes para que Manuel y su familia pudieran vivir ajustadamente hasta conseguirles, dos años más tarde, un hueco en el Winnipeg, que saldría en 1939 desde Francia y atracaría en Valparaíso, Chile, el 3 de septiembre de 1939 con miles de inmigrantes españoles exiliados de la guerra.

En aquellos primeros años, Neruda le dio trabajo a Manuel, como escenográfo primero y director de escena después, en teatros nacionales de Chile. Rivas Cherif, su gran valedor hasta entonces, había sido apresado en Francia por la GESTAPO alemana y permanecerá preso 6 años en varias cárceles españolas. Mantendrá una asidua correspondencia con Manuel y le pedirá, en 1946, que regrese a Madrid para estar con él en el estreno de ‘La costumbre’ en el Teatro Lara de Madrid, con la actriz María Cañete. “Me disculparás y no quiero que veas en mi negativa una traición, querido Cipri, ya que lo hago con gran dolor de corazón por todo lo que te debo y por la amistad que nos une, pero sabes que me he prometido no volver a mi país hasta que en él termine el terror”, le escribe Manuel el 2 de noviembre de 1946 rechazando, con gran pesar, la propuesta. Pocas semanas después el dramaturgo anuncia a Manuel su intención de viajar a México: “Esto no es vida, queridísimo Lolo, porque el día que no estoy arrestado, me registran buscando a saber qué, me vejan o me interrogan y tras mucho pensarlo Lola y yo hemos decidido que México es nuestra mejor opción. (…) Para allí quiero que te vayas, si no tienes otros planes, pues te necesito y además, quiero contar contigo”.
Y así, años después se extenderán sus funciones en Argentina, Venezuela, México y Cuba acompañando a su viejo amigo Cipriano Rivas Cherif. Al estreno de ‘La guarda cuidadosa’ de Cervantes, ‘La vida es sueño’ de Calderón o ‘La Locandiera’ de Goldini, se unirá la fundación del Teatro Español de América, del que será secretario durante más de 30 años. Entre 1950 y 1953 Puerto Rico será destino preferente con espectáculos como ‘La casa de Bernarda Alba’ o una lujosa representación de ‘Yerma’ que hizo a su compañía acreedora de varios premios; obra, por cierto, prohibida en España y México por la única razón de reflejar la realidad social de un tiempo y por ser su autor un fusilado de la guerra. De visita en México en 1948, con motivo de una función, Manuel entró en una zapatería y pronto se dio cuenta de que el tendero era asturiano. “¿Es usted emigrante español?”, le preguntó. Manuel respondió que sí y el tendero fue tajante: “Se le ve buena gente, porque entre los republicanos ha habido de todo, ya se sabe qué gentuza. En Asturias hubo un tal García que con el sanguinario Manuel Rubio, El Patas y Belarmino Tomás se marcharon con todo el dinero al extranjero”. Manuel no le dijo nada, despidiéndose educadamente. Los periódicos del franquismo habían extendido aquella versión.

Y así, en 1967 Manuel regresa a Chile al fallecer su gran amigo y valedor Rivas Cherif y se reencuentra con Pablo Neruda, aunque nunca habían perdido el contacto. Llegan los años en Chile, un nuevo matrimonio y varios hijos y nietos, infinidad de proyectos teatrales y el salto a la gran pantalla, coordinando decorados y ambientaciones y elaborando guiones para muchas películas americanas y colaborando en algunas europeas, principalmente españolas. Es significativo que cuando todo el gremio de actores y escenógrafos de Puerto Rico deciden dedicarle un homenaje a principios de 1991, Manuel pide que se celebre el 24 de agosto “por ser la fiesta de su pueblo”, y así se hace. Multitud de personajes conocidos han tratado con Manuel, que nunca ha olvidado de dónde viene y tiene muy claro a donde va. Su obra más conocida, ‘Mía María’, estrenada en Santiago de Chile en 1992, es un elogio al amor y a la nostalgia de lo perdido, a sabiendas de que nunca se va a recuperar. No es extraño pensando que con aquella joven de su pueblo, María, la famosa María, pasó los mejores momentos de su vida y también los peores, sobreviviendo milagrosamente a una guerra de la que estaba llamado a ser víctima. Sus recuerdos serán imborrables para los que le conocieron y, sobre todo, entre sus hijos y nietos. Una de ellos he tenido la suerte de ser yo. Este artículo fue publicado en el diario ‘La Voz de Chile’ el 18 de Febrero de 1993 con ocasión de un homenaje del mundo de la escenografía a Manuel Álvarez Rubio. El presente es una adaptación del original. El destino ha querido que, encontrándome preparando esa adaptación para la web de Caboalles de Abajo, mi padre falleciera el pasado jueves 24 de Enero de 2008 a los 89 años de edad en Temuco (Cautín, Chile).
(*) Marta Álvarez Rodríguez es hija del escenógrafo Manuel Álvarez Rubio.


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